Uno de los mayores miedos a la hora de tomar decisiones en la gente que veo en consulta es la soledad.

La soledad se cierne como una amenaza sobre nosotros cuando no la deseamos, y se convierte en un enemigo feroz que nos empuja por una cascada de negatividad y malos pensamientos, en los que se nos aparecen escenas de lo mas truculentas, coloreadas de un gris negro oscuro como de una niebla espesa, dando por hecho que la vida nos ha dado de lado.

Todo el mundo a nuestro alrededor está acompañado y es feliz y nosotros estamos solos, la autocompasión ha tomado el escenario de la mente y no hay lugar para la esperanza.

Existen  dos tipos de soledad para mi y la que se vive en compañía es la que genera nuestros miedos mas profundos.

A veces me he sentido así, he estado oficialmente acompañada, en pareja o con familia, podía sentir la respiración de alguien en mi cama, o el sonido de la tele en el salón y sabía que estaba sola, esa soledad lacerante y amenazadora me aterroriza.

Aparece ese loco pensamiento de ¿si me muero, se dará cuenta?.

No hay nada mas espeluznante que sentirse solo en pareja, o en familia, de esa soledad no puedes escapar, no puedes ir a experimentar la vida porque tienes que estar ahí, ni siquiera puedes quejarte, pero, sabes que estás solo, que esa persona que respira a tu lado, no te va a aportar nada, no llena tu soledad, no comparte contigo, no escucha tus lágrimas.

Hace unos días me encontré sola, absolutamente sola, a miles de kilómetros de mi ciudad en un país del sudeste asiático en medio de la selva,

La vida me rodeaba por todas partes palpitaba de una manera intensa como solo la naturaleza en su estado más salvaje puede hacer, podía sentir el sonido de los animales salvajes, la brisa cálida en mi rostro recorriendo también mi cuerpo con benevolencia, una increíble sensación de vida.

Me decidí a hablar, a participar, hablé con los lugareños, con la gente, con aquella mujer que me abrió su corazón y me ofreció su casa, con las víctimas del tsunami, con las chicas que iban de juerga a desmelenarse desde Estambul, cené con una pareja iraní, canté canciones tradicionales rusas y me bañé en el mar jugando con los niños y con los no tan niños.

Y di las gracias a Dios por poder estar sola para poder tener todas esas experiencias, me sentí viva, parte de la vida, yo era la vida y en ningún caso ésta me había dejado de lado, palpitaba dentro de mi y alrededor mío y me invitaba a participar. Estaba felizmente acompañada y todo se abría de nuevo de una manera palpitante y llena de posibilidades, yo puse la intención, del resto se ocupó la vida.

Pon la intención, suéltate, participa y deja que la vida se ocupe de ti.